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ANALES GALDOSIANOS: SEGUNDA ETAPA

John W. Kronik

En la cronología de las sucesiones editoriales galdosianas, yo soy la segunda etapa en la

vida de Anales Galdosianos, y a mí me tocó un intermezzo de seis números entre dos eximios

directores. Tras cuatro lustros bajo la insigne dirección de Rodolfo Cardona, la revista ya había

adquirido la fama de ser el órgano más distinguido en la diseminación de los estudios sobre

Benito Pérez Galdós y la época realista en España. Además, la salida anual de este grueso

monumento había dado al galdosismo internacional un implacable empuje cuantitativo, el cual,

felizmente, no ha menguado todavía. En inglés tenemos una pintoresca expresión popular que

reza “If it ain’t broke, don’t fix it!” y que se traduce a “Si no está roto, no lo repares”. Cuando

asumí la dirección de la revista, no sentí ninguna necesidad de reformarla o de cambiar su

orientación crítica o su política editorial, eso a diferencia de otra revista académica de la cual

estaba encargado al mismo tiempo. Me pareció que sería contraproducente la alteración de un

perfil reconocido y respetado. Quería mantener el alto nivel de sus colaboraciones, fueran de

colegas establecidos y respetados o de jóvenes ávidos de reemplazarlos. Quería atraer un

contenido variado, interesante y provocador. Quería estimular un diálogo. No quería que

ningún buen artículo sobre Galdós apareciera en otra revista: ¡que se queden con las maulas!

Adondequiera que fuera, me convertí en propagandista de Anales Galdosianos. También

quería seguir con el esfuerzo de ensanchar la temática de los artículos y documentos para

incluir en las páginas una familia más amplia de colegas entregados al diecinueve y al fin de

siglo. Por eso en el número correspondiente al año 87 celebramos el centenario de La madre

naturaleza al lado del de Fortunata y Jacinta, y, aparte de Pardo Bazán, aparecieron en los

números de esta etapa artículos protagonizados por Leopoldo Alas, Blasco Ibáñez, Palacio

Valdés, Pereda y Valera.

Lo más difícil de la tarea de director de Anales Galdosianos es que el individuo que lleva

este cargo es el responsable de todo aspecto de la producción de la revista. No goza del lujo de

limitar su actividad a la selección y preparación de su contenido intelectual y científico, ni

mucho menos. Por encima de eso, tiene que enfrentarse con retos de todo tipo: consolidar las

buenas relaciones con la institución que le da hospedaje; vigilar la confección técnica de la

revista y las negociaciones con la imprenta; corregir las pruebas; entrar en una extensa

correspondencia (en mi época, sin beneficio del ciberespacio o del correo electrónico);

mantener vivas las suscripciones y andar en busca de nuevos suscriptores; cuidar de su

distribución y llevar las cuentas: todo eso y más, y más que nada, responsabilizarse de la

solvencia económica de la revista.

Lo último, la cuestión de financiación, fue lo más duro de mi experiencia, pues la salida de

cada número representó una lucha y una victoria. La revista dista mucho de poder vivir de los

ingresos que proporcionan las suscripciones. Y eso cada vez menos, pues el mero coste del

papel experimentó un aumento radical en pocos años, y el papel es sólo un aspecto de los

gastos de producción y distribución. Mi propia universidad, Cornell, nos trató con cierta

generosidad, de la cual estoy muy agradecido. Me proporcionó la ayuda de una asistenta

durante varias horas por semana y una modesta subvención anual. Pude convencer a mis

colegas de la justicia histórica de ese apoyo porque se trataba de una publicación dedicada a

Anales Galdosianos: Segunda etapa

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Benito Pérez Galdós, y mi departamento dispone de unos fondos de investigación bastante

considerables, gracias a un legado de la viuda de un célebre galdosista, H. C. Berkowitz, que

sacó el doctorado en Cornell en el año 1931 con una tesis no de tema galdosiano, sino sobre

Mesonero Romanos.

La otra parte de la subvención, a cambio de 500 ejemplares de la revista, se derivaba del

Excmo. Cabildo Insular de Gran Canaria, según un convenio previo entre el Cabildo y Rodolfo

Cardona. Pero hubo cambios políticos y administrativos en el Cabildo, cambios de personal y

de prioridades, multiplicación de compromisos, y resultó cada vez más difícil conseguir el

dinero de Las Palmas. Mientras tanto, la Editorial Castalia, que ejerció gran paciencia y

comprensión, tenía que esperar el pago de la composición, impresión y distribución de cada

número, lo cual a veces produjo retrasos que, con razón, impacientaron a los lectores y, en

especial, a los colaboradores. Yo quería mantener el vínculo con Castalia, en parte por la

espléndida calidad del producto que confeccionó esta venerada editorial madrileña y también

porque me pareció simbólicamente importante colocar en España la producción de la revista.

Por razones semejantes, mantuve en la cubierta de los Anales el gesto de reconocimiento del

Cabildo aun después de su desaparición de nuestra cuenta corriente porque correspondió a mi

visión ideal de un arraigo tripartita de la revista en Norteamérica, la Península y las Islas

Canarias. Mi deseo sería un nuevo arreglo de este tipo que funcionara sin tropiezos.

En este contexto, debo hacer confesión pública del relativo fracaso de una campaña mía. Es

que hice todo lo posible durante mis visitas a España y en mi correspondencia con los amigos

españoles para convencerlos de que Anales Galdosianos no es propiedad privada de un grupo

de académicos norteamericanos, que varios colegas españoles formaban parte del consejo

editorial de la revista, y que aunque la revista esté ubicada a la otra orilla del Atlántico somos

muy deseosos de incluir las investigaciones de nuestros colegas europeos y de otros

continentes. También les demostré que los artículos publicados en Anales Galdosianos son

muy visibles entre los que cultivan este terreno y ampliamente citados, utilizados y discutidos.

Recibí muchas felicitaciones pero pocos manuscritos, y la realidad es que aparecen en nuestros

índices algunos artículos de españoles radicados en España, pero sólo de cuando en cuando.1

Son la excepción. Lo lamento y me pregunto por qué es así. Seguramente tiene que ver en

parte con la copiosidad del galdosismo que se ha desarrollado en las universidades de los

Estados Unidos. A diferencia del clarinismo, somos una inmensa mayoría. Otra posible

explicación, muy humana, es que uno se siente más cómodo entre la propia familia y lo familiar

y se inclina a quedarse cerca de su propia casa. Quizás sigue persistiendo la percepción

—lamentable a mi parecer— de que Anales Galdosianos es una revista norteamericana.

También sospecho que los procedimientos editoriales de la revista, aunque nada fuera de lo

común, pueden parecer extraños y enajenantes a algunos colegas, que a pesar de eso no

debieran desistir de mandar su próximo manuscrito a los Anales.

Creo que merece la pena dedicar unas palabras a esos procedimientos que acabo de

mencionar. Algunas, aunque pocas, de las colaboraciones que aparecen en la revista son el

producto de invitaciones en casos especiales como un número homenaje, un coloquio o un

conjunto temático. (Las reseñas se publican exclusivamente por invitación.) Casi todos los

textos que llenan las páginas de Anales Galdosianos son envíos espontáneos por parte de

estudiosos que ofrecen a la revista el fruto de sus investigaciones y de sus reflexiones críticas.

Cuando llega a la mesa del director un manuscrito no solicitado, se pone en marcha la rutina

normativa de muchas revistas, que es pedirles una evaluación a dos lectores, que pueden ser

miembros del consejo editorial u otros peritos en la materia. Si los dos no están de acuerdo, el

VIII Congreso Galdosiano

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director puede servir de árbitro o consulta a un tercer lector. El tiempo transcurrido entre

recepción y decisión inevitablemente varía según la celeridad de los lectores, que a fin de

cuentas son colegas con muchas responsabilidades y que ofrecen su tiempo a la revista por

pura buena voluntad, pero se hace todo lo posible para acelerar el asesoramiento. Siempre

traté de adjuntar a la carta de aceptación o de rechazo o a la invitación a revisar el ensayo un

resumen de los juicios de los lectores, que con frecuencia, por ser concienzudos y detallados,

son de gran utilidad para los autores, sobre todo en el proceso de revisión. El valor de esta

práctica queda documentado en las cartas de agradecimiento que con regularidad recibí incluso

de autores de artículos rechazados; sin embargo, es una política arriesgada que en contadas

ocasiones no produjo los resultados deseados. Recuerdo el caso de un conocido colega

radicado en España, merecidamente muy respetado por la cantidad y calidad de sus

publicaciones, que evidentemente no estaba acostumbrado a esas pintorescas usanzas de los

yanquis. Tuvo la gentileza de mandarnos un manuscrito para la revista. La primera lectora,

experta en la materia, recomendó su publicación, pero a condición de una serie de cambios y

correcciones, algunos de pura índole cosmética pero otros bastante sustanciosos y sólidamente

fundamentados. El segundo lector estaba de acuerdo. El colega protestó que jamás en su

carrera le había ocurrido tal cosa, se enfadó conmigo, retiró el manuscrito y en el próximo

Congreso en Las Palmas no me dirigió ni una palabra. Puedo hacer constar con orgullo que yo

me mantuve firme en la protección del honor de Anales Galdosianos y que ahora, tras el paso

del tiempo que sana todas las heridas, ese colega y yo somos íntimos amigos.

Durante mi época de director, introduje una nueva iniciativa en este proceso, la evaluación

anónima de manuscritos. Nuestra pandilla de galdosianos es pequeña e íntima; todo el mundo

es amigo de todos; nadie quiere hacer daño a nadie. Lo encontré muy difícil sacarles a los

miembros de este gremio nuestras evaluaciones que fueran perfectamente objetivas. La

consideración por el individuo eclipsó la reputación de la revista. De modo que implanté el

sistema, ya utilizado por otras prestigiosas revistas, no sólo en Norteamérica sino también en

España, de quitar del manuscrito el nombre del autor y de su institución y toda autorreferencia

antes de distribuirlo a los evaluadores. Al principio, este cambio desconcertó a algunos lectores

de manuscritos. Recuerdo que una colega me devolvió dos informes sobre el mismo artículo

junto con el siguiente aviso: “Esta evaluación la debes utilizar si conozco al autor. La otra es

en caso de que no lo conozca.” Pero los lectores no tardaron mucho en acostumbrarse a este

régimen de supresión de identidades y reconocieron sus beneficios. Total, la política editorial

de la revista descansa en criterios rigurosos, abiertos y democráticos que no distinguen entre

neófito y eminencia gris y que se concentran en la calidad del artículo en vez de la fama o los

enchufes del autor.

Esta declaración me incita a importunar a todos los lectores de estas palabras a que

consideren Anales Galdosianos su revista, su portavoz, su propiedad, su casa; el órgano

intelectual más apto para recibir sus trabajos; el espacio público más idóneo para ventilar sus

ideas y para dialogar sobre cuestiones de nuestro territorio; el campo de batalla más propicio

para lanzar y defender sus convicciones; el vehículo más oportuno para establecer contacto con

el galdosismo global. Siempre pueden tener la seguridad de que ustedes, como la revista, están

en buenas manos. Cuando llegó a su final mi plazo de director, estaba esperando entre

bastidores un sucesor ideal, mi compañero y colaborador Peter Bly, quien durante una larga

década se enfrentó con sus retos y llevó los Anales Galdosianos a nuevas alturas en su tercera

etapa. Me aprovecho de esta oportunidad para rendirle homenaje.

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NOTAS

1 Los seis números de Anales Galdosianos que corresponden a mis años de dirección, y que incluyen un

homenaje a Rodolfo Cardona de 300 páginas, contienen 65 estudios y otros 11 artículos que aparecieron

bajo la rúbrica de “Documentos”, tres notas, un coloquio sobre el canon galdosiano en que participaron

cinco colegas, y 42 reseñas (sección de la cual se encargaba Peter Bly). Tres artículos, una de las notas y

tres reseñas procedieron de autores radicados en España. Fue bastante más numerosa la colaboración de

colegas del Reino Unido, y los otros países representados en las páginas durante esa época fueron la

Argentina, Austria, Francia, Irlanda, el Japón y Polonia.

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